Cartas reales

Después de Nochevieja, uno  tiene la sensación de que ha logrado sobrevivir a la Navidad. Un año más. Se acabaron las comilonas y los cenorrios, los pedos con los compañeros del trabajo, la universidad y la guardería y los tensos reencuentros familiares (que sí, que en todos lados cuecen habas). Sin embargo, eso no quiere decir que haya terminado la Navidad. Hemos pasado lo peor de estos días (me niego a sumarme a la horterada de hablar de “estas fiestas”) y solo queda lo mejor: la llegada de los Reyes. Los Magos de Oriente, digo. Así que guardad vuestras tricolores.

Debates monárquicos aparte, en mi casa siempre hemos sido más del equipo compuesto por Melchor, Gaspar y Baltasar que del tipo abundante en carnes vestido por Coca Cola. En los noventa, muchos amigos míos recibían sus “megazord” y sus islas de Playmobil el 25 de diciembre, pero yo siempre tenía que esperar al 6 de enero. La noche anterior apenas era capaz de dormir y a primerísima hora de la mañana sacaba a mis padres y hermanos de la cama para ir al cuarto de estar a ver mis juguetes.

Probablemente era el mejor día del año. Y antes de apresuraros a tildarme de materialista y caprichoso, haced un ejercicio de memoria… ¿No os encantaría volver a tener la ilusión de un niño? ¿No os gustaría recuperar la ingenuidad con la que entregabais la carta a los Reyes a vuestros padres para que la llevasen a Correos?

Cada año, los Reyes Magos recibían nuestras cartas y las de millones de niños. Ahora también las reciben y, aunque los niños prefieran una Play 4 a un castillo de Lego, no deben de diferir mucho de las de entonces. De hecho, creo que se podría hacer una clasificación de las cartas según la actitud del niño:

– La carta del bueno rebueno: El niño enumera sus buenas acciones e insiste en que se ha portado “muy bien” con la esperanza de que los Reyes entiendan que merece lo que pide. Lo puede hacer porque, efectivamente, es un alma cándida o porque es un cínico de tomo y lomo que quiere conseguir lo que quiere a toda costa.

– La carta del compungido: El niño subraya su mal comportamiento e incide en que no se merece más regalo que un trozo de carbón. Una parte de él confía en que los Reyes Magos valorarán su sinceridad y se apiadarán de su alma, por lo que a veces deja caer aquello a lo que renuncia por su mala actitud. “Quiero una Wii U con el nuevo Mario, un mando extra y una tarjeta de memora de 32 gb, pero como he pegado a mis hermanos, insultado a mis compañeros de clase y tocado el culete a la au pair, no me lo merezco”, asegura este último.

– La carta del político en potencia: Al igual que el compungido, el niño hace una lista de sus fallos pero, en vez de renunciar a las dádivas, remarca que se las merece por sus firmes propósitos de enmienda de cara a los cuatro próximos años. “La realidad me ha obligado a actuar contra mis principios y a incumplir aquello que prometí en mi carta del año pasado, pero puedo prometer y prometo que este año va a ser diferente”, dice sin reparos.

– La carta del “todista”: En cuanto recibe el catálogo de El Corte Inglés, el niño posa su dedo de manera compulsiva sobre casi todo y grita “¡Me lo pido!” casi de manera inconsciente. Como la niña de Catalana Occidente quiere “todo, todo y todo” y, dependiendo del caso, puede tenerlo o no. De hecho, hay niños “todistas” mimados y niños “todistas” que pueden ser reconducidos.

– La carta del cursi redomado: Acostumbrado a que en su casa le digan que “la Tierra pertenece al viento”, el niño hace gala de un envidiable altruismo y solo pide la paz en el mundo y la erradicación de la pobreza. No quiere juguetes ni videojuegos, solo que los pueblos de la Tierra se hermanen para lograr un futuro mejor.

– La carta del realista: El niño realista no es aquel que pide la camiseta de Cristiano y un autógrafo de Roncero, sino aquel que percibe que sus padres andan preocupados y pide por ellos. Pide que su hermano mayor encuentre un nuevo trabajo, que su padre deje de gritar a su madre, que su abuelo recuerde su nombre…

Estos son solo algunos ejemplos y seguramente a todos se os ocurran decenas, pero no pretendía hacer una clasificación exhaustiva sino una simple invitación a hurgar en la memoria.

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