Categoría: Anotaciones

En defensa de la RAE

La semana pasada, Yolanda Gándara (@yolandagan) daba cuenta en Jot Down de cómo se está desarrollando la batalla entre “sólo” y “solo” (de “solamente” también, pero sin tilde). Algo decepcionada, explicaba que muchas personas, entre las que figuran muchos periodistas y editores, no quieren renunciar al uso de la tilde diacrítica en el adverbio “solo” y los pronombres demostrativos para distinguirlos, respectivamente, del adjetivo “solo” y de los determinantes demostrativos en casos de posible ambigüedad (“Fumó sólo un pitillo” vs “Fumó solo un pitillo”).

Antes, era la propia Real Academia Española (RAE) la que obligaba a usar esta tilde para evitar confusiones pero, desde la última Ortografía, recomienda no usarla. De acuerdo con una nota de la propia institución, ese empleo tradicional “no cumple el requisito fundamental que justifica el uso de la tilde diacrítica, que es el de oponer palabras tónicas o acentuadas a palabras átonas o inacentuadas formalmente idénticas, ya que tanto «solo» como los demostrativos son siempre palabras tónicas en cualquiera de sus funciones”.

Tiene bastante sentido, ¿no? Por eso contesté que nunca pongo tilde a “solo” en la encuesta que planteaba Gándara al final de su artículo. Sin embargo, el 59 % de los participantes sigue tildando el “solo” que equivale a “solamente”. Vamos, que, si consideramos que los lectores de Jot Down son una muestra representativa de nuestra sociedad, casi seis de cada diez españoles pasan olímpicamente de lo que dice la RAE. Sigue leyendo

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“Corazón que siente, ojos que no ven”

Lo reconozco: tengo varios grupos de Whatsapp en silencio. No soporto los pitidos permanentes, ni la cascada de “jajaja”, fotografías tontas  y frases de besugos. Eso sí, de vez en cuando me llega alguna imagen de esas que logran arrancarte una sonrisa. Llega por siete lados y devora la memoria del móvil, pero te dan ganas hasta de reenviarla. Tengo contactos a los que debo mandarles cualquier guarrada que me llegue, otros que solo quieren leer chistes bestias y otros que solo esperan bromas políticas (y de la Casa Real). Entre estos últimos, tuvo bastante éxito la foto de un cartel que rezaba “La mujer de Bárcenas no sabía nada. La de Urdangarín no sabía nada. La de Julián Muñoz no sabía nada. Debo de ser gilipollas porque la mía se entera de todo”. Sigue leyendo

Pedro Jota

Llevo unas semanas algo callado y no, a mí no me callan. Me he callado yo por temas laborales y personales. Eso sí, durante este tiempo no he dejado de pensar en posibles entradas para dar algo de vida a este blog. Al final, me he animado a escribir sobre el exdirector de El Mundo, Pedro Jota Ramírez (y sí, cargo y nombre van separados con coma porque no hay más exdirector que él). Desde su cese, la red ha sido un hervidero de opiniones y curiosas teorías. Plumillas rencorosos, sesudos analistas, opinantes ignorantes, redactores huérfanos, excompañeros, adalides de la regeneración, personajes públicos y personajillos… Todos han creído escribir el artículo y/o el tuit definitivo sobre él, pero hay un pequeño problema: el veterano periodista riojano no está dispuesto a leer su necrológica. La tinta corre por sus venas y, aunque no lo conozco en persona, intuyo que después de tantos años dirigiendo periódicos no marcar la agenda debe de ser duro para él.

Seguro que echa de menos el cosquilleo de tener una exclusiva de esas que hacen tambalearse los cimientos del Estado o el pitido de oídos, retuiteos y menciones que acompañaba cada nueva portada (vía Orbyt, claro). Quizá Rajoy lea el Marca (a.k.a el negociazo de Castellanos que hundió Unidad Editorial), pero su corte de asesores ha debido de cagarse en Pedro Jota y en toda su familia más de una vez. Igual que el señor X, el jefe de la Casa del Rey, los politicuchos corruptos de uno u otro (u otro) color y los sindicalistas de mano larga. Sigue leyendo

Las apuestas del cine español

El vídeo que encabeza esta entrada sirve para promocionar la próxima entrega de los premios Goya y, de paso, el nuevo Casino Gran Madrid de Colón (que, aunque tiene moquetas muy horteras como cualquier casino, ha quedado francamente bien). Lejos de animarme a ver el previsiblemente tedioso espectáculo con el que nos deleitarán los profesionales de nuestro cine, el anuncio me ha hecho plantearme por enésima vez cuál es su apuesta. Es decir, ¿qué se juegan las personas que están detrás de una película “made in Spain”? Sigue leyendo

Se desarmó el Belén

Hace unos años, visité Bruselas (Bélgica) a finales de enero y me sorprendió que mantenían parte de los adornos navideños y que las campanas de algunas iglesias repicaban cada cierto tiempo dando lugar a bellos villancicos. Igualito que aquí. Cada año colocan las luces antes y llega el 7 de enero y no queda ninguna. De hecho, sospecho que a este paso el encendido va a ser el día de la Fiesta Nacional. Me imagino hasta el titular del Huffington Post: “LLEGA LA HISPANAVIDAD”. Pero bueno, de lo que quiero hablar es de la precipitada retirada de los adornos navideños. No pido que el símbolo de la Lotería ilumine Sol hasta la próxima acampada indignada, pero sí que no nos arranquen nacimientos y luces cuando no nos ha dado tiempo ni a digerir el roscón.

Hoy, sin ir más lejos, he visto con mis propios ojos que en el cuartel general del Ejército han desahuciado a José y a María junto a su niño recién nacido. He visto el pesebre vacío… y no, Ada Colau no andaba por ahí. Me da pena esta precipitada vuelta a la rutina, esta invitación a olvidar lo que acabamos de celebrar. Sigue leyendo

Cartas reales

Después de Nochevieja, uno  tiene la sensación de que ha logrado sobrevivir a la Navidad. Un año más. Se acabaron las comilonas y los cenorrios, los pedos con los compañeros del trabajo, la universidad y la guardería y los tensos reencuentros familiares (que sí, que en todos lados cuecen habas). Sin embargo, eso no quiere decir que haya terminado la Navidad. Hemos pasado lo peor de estos días (me niego a sumarme a la horterada de hablar de “estas fiestas”) y solo queda lo mejor: la llegada de los Reyes. Los Magos de Oriente, digo. Así que guardad vuestras tricolores.

Debates monárquicos aparte, en mi casa siempre hemos sido más del equipo compuesto por Melchor, Gaspar y Baltasar que del tipo abundante en carnes vestido por Coca Cola. En los noventa, muchos amigos míos recibían sus “megazord” y sus islas de Playmobil el 25 de diciembre, pero yo siempre tenía que esperar al 6 de enero. La noche anterior apenas era capaz de dormir y a primerísima hora de la mañana sacaba a mis padres y hermanos de la cama para ir al cuarto de estar a ver mis juguetes. Sigue leyendo